Pronunciado el 18 de febrero de 2017, en ocasión del Doctorado Honoris Causa que de manera póstuma otorgó el Instituto de la APM a Hernán Solís Garza.

July 30, 2020

 

Pronunciado el 18 de febrero de 2017, en ocasión del Doctorado Honoris Causa que de manera póstuma otorgó el Instituto de la APM a Hernán Solís Garza.

 

 

Agradezco mucho a la Asociación Psicoanalítica Mexicana el privilegio de participar en este homenaje.

 

Un comentario puede ser la forma más usual y espontánea de comunicar los pensamientos; sin embargo cuando se trata de una persona tan importante como el maestro Hernán Solís Garza, el acto de comentar se dificulta, pues resulta casi imposible seleccionar  algunos aspectos o momentos de su vida y de su obra.

 

Ocurre de este modo con su persona en particular  porque  la riqueza de su producción  intelectual, literaria y cultural, la sobresaliente actividad clínica y docente, su trayectoria como pionero de instituciones,  el magnetismo de su personalidad, en fin, la multiplicidad de facetas brillantes de esta vida prolífica y ejemplar, hacen un efecto cuello de botella en la mente del comentarista para los intentos por glosarlo.

 

De tal modo que, siendo consciente de lo imposible de la tarea, yo renuncio a todo intento de hacer una síntesis o semblanza de su vida,  y de este modo liberado, quiero sumergirme en un ejercicio personal, íntimo, hacia el fondo de mis recuerdos , y evocarlo décadas atrás, en las clases de la residencia de psiquiatría, o desde  mi silla de lona plegable cuando era su analizando de terapia de grupo, en su consultorio de San Jerónimo, luego como su alumno de seminarios de psicoanálisis en las aulas de ARPAC,  como breve y frecuente interlocutor de pasillos durante eventos y congresos, y finalmente, emerger a la superficie de este instante con la visión personal y entrañable que ahora les comparto.

 

“Andando la carreta se acomodan las calabazas”.

 

Ha sido José Luis garza Elizondo, psicoanalista relacional, quien al parafrasear jocosamente a Hernán, me ha traído redivivo el tono de su voz grave y solemne, adornada de una cierta impostación que sin embargo por serle tan natural, resonaba aterciopelada, y en la cual hasta los refranes populares sonaban a versos clásicos.

En esos refranes se escuchaban los ecos de Pedro Páramo en un Llano en llamas en este caso desplazado a las vastas soledades del noreste mexicano.

 

Y escuchando a Hernán con su  ritmo pausado, la carreta del refrán avanzaba, pero también daba tumbos, pues unas cuantas palabras más delante, se entraba con él en la serranía multiforme de un vocabulario psicoanalítico altamente técnico, elegantemente seleccionado, que fluía de sus labios en una prosa coherente, donde los términos parecían moverse con vida propia, para ir articulándose con ajuste perfecto, en un sistema de pensamiento que aspiraba a abarcarlo todo.

 

Y discusión adentro, llegando a los linderos del psicoanálisis se funde con la filosofía y la literatura, el limbo donde la palabra ya creada exhibía su hueco y la teoría sus lagunas, ahí mismo se erigía el arte del Hernán creador y re-creador de términos: Androceo, gineceo, ginecofilia, himeneo, Realisto-Fantaseo, machocentrismo, ganancias terciarias y cuaternarias, para-contratransferencia, etc. palabras hechas suyas a fuerza de uso reiterativo y singular.

 

 

La polaridad entre citas coloquiales y refinamiento lingüístico no era un artificio discursivo para hacerse ameno o llamativo, yo tardé años en captarlo; la lectura del proyecto de su  tesis doctoral, mismo que hoy se presenta como libro terminado y que revisamos con él durante los últimos seminarios que lo tuvimos en ARPAC, me fue develando el misterio:

 

Del mismo modo que con los refranes populares, Hernán toma entre sus manos los conceptos psicoanalíticos tradicionales, desde su origen dentro del eje principal Freudiano, pero…un momento, por favor…pongamos atención a que solo los toma en su sentido conocido en un  principio, pues una vez delimitado histórica y semánticamente el concepto, Hernán lo va desarrollando, y en ese proceso de desarrollo, imperceptiblemente,  lo va re-creando, y como resultado de esta recreación y de la aplicación del mismo término a la luz de las psicologías contemporáneas,  resulta al final que tanto los conceptos, como la teoría que los engarza terminan siendo ya otra cosa distinta que la que se hubiera desprendido de la lectura tradicional del material clínico que encontramos en el texto freudiano.

 

La recreación final será algo más que sus partes componentes, ya no será una afirmación de la sustancia original, será, imperceptible y temerariamente, su propia negación.

 

He aquí que Las calabazas han devenido en sandías.

 

Los invito, al comprar el libro, a que repasemos a vuelo de pájaro cualquiera de los análisis que hace de los historiales clínicos de Freud; veríamos a Hernán escudriñando, como desde un promontorio,  el horizonte remoto de 20 siglos de historia, desde la Grecia antigua, donde encuentra la simiente de un método que habrá de eclosionar en la Viena de fin de siglo, en la mente de un joven que lo pone en experimentación y práctica con un grupo de pacientes en que predominan las mujeres, para Hernán las eternas promotoras del cambio. Será porque en la naturaleza femenina Hernán advierte, Freud mediante, tener solo una interrogante, un enigma: ¿qué es lo que la mujer quiere?

 

Enseguida, vendrá la narrativa de las circunstancias históricas de los personajes involucrados de cada caso clínico, y ello nos suspende en una realidad de varios planos, que son diacrónicos a la historia, pero sincrónicos en el texto:

 

De tal modo que  mientras se desarrolla el proceso transfero-contratransferencial  (uno de los vocablos favorito de Hernán) en el consultorio del Berggasse 19, la pléyade de filósofos griegos susurran al oído del aprendiz de brujo psicoanalítico los senderos de la cura, y desde esta escena mental en que luchan también la  historia inconsciente y avatares personales del psicoanalista en ciernes,  nacen los conceptos originales y se proyectan hacia una discusión técnica.

 

En lo que sigue de cada ensayo, se discute la herramienta que para la técnica  psicoanalítica (asume Hernán) se ha obtenido de cada historial. Pero más que discutirse, la herramienta o concepto se mece en una  danza con la literatura, con la  cinematografía y la representación teatral de la época, en “alígera danza” de la que al tiempo comentan, como fumando puro en la antesala (ya no acierto a imaginar si del  consultorio  de Freud o del consultorio  de Hernán) los pioneros psicoanalíticos, con los escritores y novelistas desde los de  1900 hasta los actuales.

 

Y he aquí  que en este dialogo,  triálogo, o decálogo, los conceptos psicoanalíticos han sufrido un estiramiento dramático, al grado que ya se hace posible su aplicación no solo en el caso individuo del diván, sino en los campos de la terapia de pareja, de familia, de grupo, incluso hasta en el entendimiento de las instituciones sociales y de procesos históricos de países e imperios completos.

 

Lo inconsciente individual se ha elevado en volutas, que abarcando esferas mayores del universo humano, ha vuelto, al final de cada ensayo, a contraerse sobre el hecho individual:

Un médico, su paciente, el proceso de vida del médico con sus crisis vitales, el proceso de vida del paciente con sus síntomas, el tic-tac del proceso en el silencio y la penumbra del estudio… y afuera, en la exterioridad del tiempo y de la geografía, tanto entonces como ahora, los murmullos incesantes de críticos abyectos y de apologistas entusiastas e ingenuos.

 

Afirmación, desarrollo, recreación, expansión, negación, vuelta a la descripción, el bucle recursivo…sin embargo no podríamos  señalar de Hernán un pensamiento en el cual se haya alejado de los principios psicoanalíticos; podemos pensar en cambio que ha sido tradicional y revolucionario, que ha sido conservador pero liberal, ortodoxo y ceñido a la técnica, pero libre pensador en la elaboración del material, en fin, esta dualidad con que su lectura nos desconcierta,  y nos cautiva.

 

Al preguntar al maestro por la fórmula secreta encerrada en su redoma literaria nos contesta con mirada afable y sonrisa maliciosa: simple hermenéutica Junípero, elemental psicohistoria.

 

Para él eran respuesta suficientes, pero nosotros, mortales anhelosos de etiquetas que nos guíen en el bosque de escuelas ¿cómo podríamos caracterizar su pensamiento proteiforme, que todo lo abarca y todo lo disuelve para volver a crearlo?

 

Tendríamos que buscar en la historia de la cultura para encontrar un paralelo, y el viaje en el tiempo nos ubicaría a Hernán en el tipo mental del genio del renacimiento; el hombre que desempolva entre los escombros los restos intactos de la cultura grecorromana clásica y los usa para estrujar los materiales de un estático medioevo intelectual, para con ello dar lugar a un estallido de formas nuevas en todas las disciplinas de la cultura, formas en las que apenas ya percibimos el olor lejano de  su origen antiguo.

 

Siguiendo este camino descriptivo de su genio, muy pronto llegaríamos a una imagen idealizada de Hernán, a la deificación de su persona…y cuidado, porque la admiración masiva sin el suficiente esfuerzo de penetración es también una forma de injusticia, injusticia  en la cual ganamos al héroe… y perdemos al ser humano.

 

¿Y entonces cuál sería el matiz, la sombra que diera relieve humano a ese rostro que de otro modo se nos muestra transfigurado por la luz del recuerdo y por la nostalgia?

 

No necesitaríamos escarbar mucho: Al poco hallaríamos los cimientos de una firme ideología de izquierda en la cual excluye tajantemente de sus simpatías a otros modos de pensamiento y conducta social.

En esa su postura ideológica, cultiva en cada ámbito de su vida  la empatía con el que sufre, con el que de alguna forma se encuentra en desventaja contra las fuerzas del poder y la autoridad, ya sea ésta familiar o social o política, ideológica o epistemológica. De ahí su disgusto por el establishment autoritario en cualquier esfera del quehacer humano. No en vano su personaje favorito es Don Quijote. Mancha. Pero mucho menos ingenuo que aquel De La Mancha, a Hernán sí que se le da natural, como un fruto ácido, la  crítica  inteligente de toda impostura que esconda tras la jactancia ignorancia o prejuicio. Inolvidable sus diatriba en las sesiones teórico-clínicas contra los “analfabetas psicoanalíticos”.

 

Rolando de León, eminente psicoanalista (cuyos ancestros son coterráneos de Hernán, por tener origen  dentro del triángulo del León, que abarca Comales) y prologuista de alguno de sus libros, me comenta que el plan social del gobierno cardenista, entre los años 34 y el 40 del siglo pasado, permitió que sus hermanas estudiaran en la normal rural y este progreso económico familiar a su vez hizo posible que Hernán estudiara medicina, por cierto graduado con las más altas distinciones.

 

Hemos comentado en las cenas posteriores a nuestras sesiones científicas, entre tacos y tequilas, si acaso aquella simiente ideológica socialista,  y la gratitud a esa corriente política habrán sido el germen de  su perpetua actitud intelectual revolucionaria.

 

Pero hasta aquí seguiríamos reiterando elogio y la admiración acríticas, incidamos pues en un cuestionamiento sobre su actitud crítica: En esta actitud revolucionaria intelectual, de la misma forma en que cuestiona  al gobierno autoritario actual -gobierno que dicho sea de paso, es un derivado, un sucedáneo de sistema que en otro tiempo él mismo valoró- así también en su desarrollo científico toma la corriente principal del psicoanálisis, ¡el establishment! la roca  dura,  es decir, los historiales Freudianos, para luego, si lo leemos con atención, al recrearlos, ampliarlos y transformarlos, sutilmente cuestionarlos.

 

En tal caso, y si decidiéramos dejar hasta ahí el análisis, diríamos que ojalá que todos los cuestionamientos teóricos  fueran tan estéticos y tan fecundos, pero he aquí que incurre Hernán  en contradicción ineludible: mientras más ejerce esta actitud revolucionaria, más se ubica a sí mismo en la aristocracia del pensamiento.

 

Una anécdota puede esclarecer este punto tan difícil en mi comentario: En una clase le preguntamos al maestro Hernán allá por los noventas que cual era su relación teórica y política con el International Journal de la IPA, nos contestó muy divertido que había enviado algunos trabajos que amablemente le habían sido devueltos con las observaciones de que eran demasiado radicales y que traslucían una ideología muy reaccionaria. No sé si esa relación cambió después, pero de cierto conozco que en aquel momento le complacía mucho compartir con nosotros aquel rechazo, como una confirmación de su cruzada personal y de la libertad de su pensamiento.

 

Ya para irme despidiendo, con unas breves pinceladas sentimentales me permito bocetar facetas de su pensamiento, aquel pensamiento en que yo resoné como el diapasón de una música profunda, de la cual solo nos son pasibles de narración las palabra y los actos que nos muestran la contextura externa de un pensamiento que a fuerza de complejidades y contrastes se resiste a ser definido, totalizado, resumido.  Y es que la palabra que lo definiría no ha sido aún insuflada de sonido,  no puede ser pronunciada  porque sus partes se anulan de continuo, porque es en su esencia misma, en su centro, una paradoja.

La unidad y lucha de los opuestos… en la preciada dialéctica del maestro, este principio de lucha interna le llevará a un equilibrio externo, del germina un estado superior, tal como nos diría William James “la paz que habita en el corazón de la agitación sin fin”

 

Y en efecto trasmitía ese equilibrio: se le sentía en ese estado jovial y casi siempre sereno, en aquel toque cálido de su mano en tu hombro, mientras se ubicaba a tu lado para contestarte una pregunta que –inoportuno- le hicieras a la salida del aula, y mientras hablaba con autoridad pontifical, su mirada se perdía en el horizonte, o en un punto gris en el vacío, como compartiéndote pero  sin presionarte a entender o asentir.

 

Te concedía larguísimas prórrogas en el pago de honorarios, se las arreglaba para supervisarte a bajo costo y en horarios de los que llamaríamos “estelares” o muy cotizados en su consultorio, sutilmente te estimulaba a seguir desarrollando aquello que apreciaba como potencial en ti.

 

Podría continuar largamente rememorando detalles similares que eran, en mi sentir, los repliegues humanos del  manto imperial al que hace unas líneas aludí diciendo que mientras más consciente de su origen, se volvía más considerado con el necesitado y más revolucionario en su pensamiento,  pero que mientras más revolucionario, más peldaños arriba en la escala cultural, en la élite, en la aristocracia del pensamiento.

 

El tiempo ha transcurrido y aquí debo terminar, y mientras guardo de nuevo entre mis papeles  el borrador de su tesis doctoral, aquel que hace 15 años nos compartió para el seminario, y que luce poblado de anotaciones y correcciones de su puño y letra, me digo en lo profundo, escuchando como música de fondo los latidos de mi corazón  agradecido, que en Hernán Solís el psicoanálisis ha tenido un hijo mayor de la palabra, y ahora, con dulce esperanza, me dispongo a disfrutar la lectura de este libro, el producto acabado y final de su pluma.

 

Junípero Méndez.  Cd. De México. Febrero de 2017.

Share on Facebook
Share on Twitter
Please reload

Entradas recientes
Please reload

Archivo
Please reload

Síguenos
  • Facebook Basic Square
  • Twitter Basic Square
  • Google+ Basic Square